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Decimos estar ante un micropaisaje cuando localizamos un pequeño espacio en torno a un elemento singular, natural o artificial, que compone una imagen tan agradable que atrae nuestra atención.

La cercanía de quien observa y las sensaciones que le genera esa vista son los dos aspectos principales y necesarios para que podamos caracterizar un micropaisaje. Frente al paisaje convencional, donde nuestra mirada abarca a menudo varios kilómetros y es imposible tocar sus elementos desde la posición de observación, los micropaisajes están a tan solo unos metros. Podemos tocarlos,  movernos en su entorno, componer una o varias imágenes con los elementos que los rodean y conforman.

Se trata siempre, además, de conjuntos visuales que han de generar sensaciones placenteras en la o el visitante, ya sea por la composición, las huellas del paso del tiempo (incluso del abandono) los sonidos (el murmullo del agua, el viento, el canto de los pájaros), los olores, el silencio, la calma. Es en este punto donde reside su verdadero valor. En esta capacidad para que nuevas sensaciones, con frecuencia personales y subjetivas, afloren en su contemplación. El valor intrínseco del elemento que lo singulariza tiene menos peso en su caracterización. Pensemos, por ejemplo, en una pequeña capilla sin mayor trascendencia arquitectónica. Conformará un micropaisaje, a pesar de su poco valor histórico o monumental, si está integrada en un conjunto armonioso que componga una imagen de gran atractivo, con la percepción sensorial de sonidos, olores y matices que, en conjunto, generarán una grata experiencia de observación.

 

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